Tavernes de la Valldigna tiene una historia ligada desde el siglo XIII a la presencia del monasterio cisterciense de la Valldigna, que durante buena parte del medievo y la época moderna controló económicamente toda la comarca. Esa herencia marca todavía la identidad del municipio: el nombre mismo de la Valldigna —el valle digno— se atribuye a la exclamación del rey Jaume II al ver el paraje por primera vez, aunque los historiadores locales debaten esa etimología con la misma energía con la que se debaten los arroces en cualquier bar del pueblo.
Las fiestas patronales en honor a la Mare de Déu de Gràcia se celebran en septiembre, coincidiendo con el final de la temporada de playa, y tienen ese carácter de fiesta de pueblo que se agradece: verbenas, actos religiosos, castillos de fuegos y la participación genuina del vecindario sin la presión turística de agosto. En verano, el núcleo de la playa —que funciona casi como una población separada— tiene su propia programación de eventos que va desde conciertos en el paseo hasta actividades para niños.
La lengua vehicular del municipio es el valenciano, y la vida cotidiana transcurre en valenciano con la naturalidad de quien lo usa sin hacerlo notar. La huerta y los cítricos han sido durante décadas la columna vertebral económica, aunque el turismo de sol y playa tiene cada vez más peso en la balanza. El resultado es una mezcla entre municipio agrícola de interior y destino costero que, bien gestionada, da una personalidad bastante singular.
Culturalmente, el municipio mantiene tradiciones como las fallas locales y participa en la celebración del 9 d’Octubre con actos propios. El Centre Cultural és el nodo de actividad asociativa, con grupos de teatro, coral y actividades para mayores que dan buena idea de la vida real del pueblo más allá de los meses de verano.