Calpe tiene una historia larga y algo accidentada. Los romanos ya sabían lo que hacían cuando instalaron aquí una factoría de salazones —el garum calpino era conocido en todo el Mediterráneo— y los restos arqueológicos de la zona dels Baños de la Reina lo atestiguan. Después vinieron los árabes, que dejaron el trazado del casco viejo y el nombre: Calp en valenciano, que algunos relacionan con el árabe qalb (corazón). La expulsión de los moriscos en 1609 dejó el pueblo prácticamente vacío; hubo que repoblarlo con familias de Mallorca y el interior, lo que explica ciertos apellidos y costumbres que los calpenins mayores aún recuerdan.
Las fiestas más importantes son los Moros y Cristianos de octubre, declaradas de Interés Turístico Provincial, con desfiles nocturnos que aprovechan el frescor del otoño y una iluminación que realza la muralla y el casco antiguo. En agosto se celebran las fiestas patronales en honor a la Virgen del Sufragio con verbenas, concursos de pesca y la tradicional subida de la imagen. El verano también trae el Festival Internacional de Música de Calpe, que lleva décadas atrayendo intérpretes de nivel en un entorno de lo más peculiar.
La identidad de Calpe es inevitablemente dual: el pueblo valencianoparlante de siempre —donde el valenciano de la Marina Alta tiene un acento propio y reconocible— convive desde los años setenta con una comunidad de residentes europeos, principalmente alemanes, noruegos y británicos, que han configurado una economía paralela de servicios, inmobiliario y restauración. Eso ha traído de todo: buenos restaurantes internacionales, pero también la tentación de vivir de turistas sin cuidar lo propio. Los calpenins que mejor han navegado eso son los que merecen tu dinero.
Gastronómicamente, la identidad local pivota sobre el mar y la huerta de la Marina: el arroz a banda, la gamba roja de Calpe —una de las más valoradas de la costa levantina—, el all i pebre y los guisos de pescado de roca que las abuelas aún hacen igual que hace cincuenta años.