Altea tiene una identidad cultural más marcada que la mayoría de municipios de la Costa Blanca, y eso tiene una explicación concreta: a partir de los años setenta, artistas y pintores europeos, sobre todo escandinavos y centroeuropeos, se instalaron aquí atraídos por la luz mediterránea y el casco histórico. Esa comunidad artística dejó una huella real: galerías de arte, talleres de cerámica, la Escuela Superior de Arte y Diseño y un ambiente que mezcla lo local valenciano con una cierta cosmopolitismo tranquilo. No es postureo; es que aquí la gente hace cosas con las manos.
Las fiestas patronales de Moros y Cristianos se celebran en honor a la Virgen del Consuelo a mediados de octubre, con una participación local muy intensa. No tienen la escala de las de Alcoy o Villena, pero eso las hace más accesibles y menos masificadas: puedes ver los desfiles desde primera fila sin llevar dos horas de antelación. En verano, las fiestas de San Juan y Sant Pere animan el puerto y los barrios marineros.
El valenciano tiene presencia activa en Altea, tanto en la vida cotidiana como en la señalética y la cultura municipal. El municipio forma parte de la comarca de la Marina Baixa, con Benidorm como vecina inmediata, aunque Altea se ha posicionado deliberadamente en las antípodas del modelo turístico de su vecina. Esa tensión, en realidad, define bien a Altea: sabe lo que no quiere ser.
El patrimonio arquitectónico se extiende más allá del casco antiguo. El Conjunto Histórico-Artístico, declarado en 1996, protege buena parte del núcleo medieval. También merece atención la arquitectura popular de las casetes de l’hort en el interior del término municipal, que dan cuenta de una tradición agrícola que convivió siempre con la pesca.