Dénia tiene una historia larga y densa que se nota en las piedras. Fue ciudad ibérica, romana —la Dianium de los textos clásicos, de donde viene el nombre—, y alcanzó su momento de mayor esplendor durante el periodo islámico, cuando el geógrafo Al-Idrisi la describió como una de las ciudades más importantes del Sharq al-Andalus. De aquella época quedan el castillo y la trama de algunas calles del centro histórico, que todavía invitan a perderse sin mapa.
Las fiestas más importantes son las Fallas de Dénia, en marzo, con una personalidad propia dentro del mundo fallero valenciano: los ninots son grandes, la pirotecnia es generosa y la mascletà junto al mar tiene algo especial que en Valencia no encontrarás. Pero si hay una fiesta que define la identidad local son los Bous a la Mar, en julio, durante las fiestas patronales de la Santíssima Sang. Corridas de toros en un ruedo junto al puerto donde los toros —y los más valientes— acaban en el agua. Es un espectáculo que no deja indiferente a nadie y que llena el puerto hasta la bandera.
Dénia también es Ciudad Creativa de la Gastronomía por la UNESCO desde 2015, un reconocimiento que no es marketing vacío: la cultura culinaria de la ciudad está ligada al mar, a la huerta del Montgó y a una tradición de arroces y pescados que se transmite de generación en generación. El mercado municipal es el mejor termómetro de esa identidad: frutas, verduras locales y, en el puesto de pescado, las famosas gambas rojas que han puesto a Dénia en el mapa gastronómico internacional.
El barrio de la Llotja, junto al puerto, y las calles del centro histórico alrededor del castillo concentran la vida cultural más activa: galerías, pequeños teatros, la Casa de la Marquesa y una oferta de actividades que se intensifica en temporada de verano pero no desaparece el resto del año.