Santa Pola tiene una identidad dual que se nota en todo: es a la vez pueblo marinero y destino turístico de sol y playa. Esa dualidad explica muchas cosas, desde la arquitectura del centro —casas bajas de pescadores mezcladas con bloques de apartamentos de los años setenta— hasta el carácter de su gente, que sabe distinguir perfectamente entre el vecino de toda la vida y el veraneante de agosto.
La historia del municipio está ligada al mar desde siempre. Los romanos ya explotaban estas costas, como atestiguan los restos del yacimiento de El Portus Ilicitanus, el puerto de la antigua Illici (la actual Elche). Siglos después, la amenaza pirata obligó a construir el castillo y a reorganizar el poblamiento. La sal, extraída de las salinas desde época medieval, fue durante mucho tiempo el otro gran motor económico junto a la pesca.
Las fiestas grandes son en honor a la Virgen de Loreto, patrona de los aviadores y marineros, que se celebran en septiembre. Hay procesión marítima, actos religiosos y verbenas que duran varios días. También tienen mucho arraigo las fiestas de Moros y Cristianos, que en Santa Pola se celebran en agosto y llenan el casco urbano de color y pólvora. La Semana Santa tiene un marcado carácter marinero, con la procesión del Santo Entierro discurriendo cerca del puerto.
El Museo del Mar, dentro del castillo, es una visita honesta y bien curada sobre la historia pesquera del municipio: redes, aparejos, maquetas de embarcaciones y documentación sobre la almadraba, esa técnica ancestral de captura del atún de paso que todavía hoy define parte de la identidad gastronómica de Santa Pola.