Orihuela fue durante siglos una de las ciudades más importantes del sureste peninsular. Sede de obispado, con universidad propia desde el siglo XVI y capital de una comarca fértil gracias al río Segura, la ciudad acumuló un patrimonio arquitectónico que todavía hoy define su carácter. Pasear por el casco histórico es encontrarse a cada esquina con iglesias, conventos y palacios que hablan de ese esplendor pasado: la iglesia de Santiago Apóstol, el convento de la Merced, el palacio de Rubalcava… ninguno especialmente publicitado, todos reales y accesibles.
La fiesta grande es la Semana Santa, declarada de Interés Turístico Internacional, con procesiones que recorren el casco antiguo y una rivalidad entre cofradías que los oriolanos viven con una intensidad que hay que ver en directo para entender. También en Semana Santa se celebra el Encuentro de los Reyes, una de las representaciones más antiguas de la provincia. Fuera de esas fechas, las Fiestas de Moros y Cristianos en honor a San Sebastián, en enero, dan otro tono a la ciudad: más íntimas, más de barrio, sin la espectacularidad de las de Alcoy pero con mucho sabor local.
El vínculo con Miguel Hernández es parte central de la identidad oriolana. El poeta nació aquí en 1910, se crió en el barrio de San Isidro y vivió en esta ciudad los años que formaron su voz. Cada año, en marzo, se celebran los actos del aniversario de su muerte y la ciudad se llena de lecturas, exposiciones y gente que viene expresamente a rendirle homenaje. Es un orgullo local que va mucho más allá del turismo cultural.
La huerta del Segura, que rodea el núcleo urbano, también es cultura aquí. La forma de cultivarla, los sistemas de riego heredados de la época árabe, los barrancos y acequias: todo forma parte del paisaje identitario de Orihuela, aunque la presión urbanística de las últimas décadas haya reducido considerablemente su extensión.