Oliva tiene una identidad propia que a veces queda eclipsada por su vecindad con Gandia y Denia, dos destinos con más fama turística. Pero quien se toma el tiempo de conocerla descubre un municipio con una historia densa: fue capital del ducado de Gandía antes de que los Borja trasladaran su poder, y ese pasado nobiliario dejó huella en su patrimonio arquitectónico. La iglesia de Santa María, de estilo gótico tardío con reformas barrocas, es de las más monumentales de la comarca de La Safor.
Las fiestas mayores son las de la Mare de Déu de la Revalida, a finales de agosto, con actos religiosos, música y la típica traca que aquí se toman muy en serio. Pero si hay una celebración que define el calendario festivo local con más color, esa es la Fira de Tots Sants, a principios de noviembre, una de las ferias de mercado tradicional más antiguas de la zona, con presencia de productos agrícolas locales, artesanía y un ambiente que mezcla lo comercial con lo popular de manera bastante auténtica.
La naranja y el caqui son los cultivos que han dado forma a la economía y a la dieta local durante generaciones. Los campos de naranjos que rodean el pueblo siguen siendo parte del paisaje cotidiano, y en los mercados de temporada es fácil encontrar caqui persimon de primera calidad, que aquí se cultiva desde hace décadas con denominación propia. Eso explica que la gastronomía local tenga un componente de huerta muy marcado, más allá del arroz y el pescado del litoral cercano.
Oliva es también municipio valencianohablante de forma natural, con una presencia del valenciano en la vida cotidiana que en algunos aspectos supera a municipios más turistizados del sur. Eso se nota en los comercios, en el mercado semanal del jueves y en la manera en que la gente del pueblo se relaciona entre sí.