Elda tiene una identidad muy marcada por el trabajo. La ciudad creció de forma acelerada durante el siglo XX gracias a la industria del calzado, y eso dejó una huella en su urbanismo, en su demografía y en su carácter. Gran parte de la población tiene raíces en otras provincias españolas —Murcia, Albacete, Andalucía— que llegaron buscando trabajo en las fábricas durante los años 50 y 60. Eso hace de Elda una ciudad más diversa y menos cerrada de lo que podría parecer desde fuera.
Las fiestas de Moros y Cristianos de Elda se celebran en junio, en honor a la Virgen de la Salud, patrona de la ciudad. Son unas de las más participativas del Vinalopó: los eldenses se lo toman muy en serio, con desfiles, arcabucería y una ambientación que dura varios días. Si tienes oportunidad de coincidir, merece la pena acercarse aunque no seas del mundillo festero.
El Carnaval de Elda también tiene tradición propia y bastante seguimiento local. No tiene la proyección mediática de otros carnavales de la provincia, pero en la ciudad es una fiesta sentida, con comparsas que llevan décadas desfilando. Y luego está FICIA, la Feria Internacional del Calzado e Industrias Afines, que convierte a Elda en punto de referencia del sector a nivel europeo durante unos días al año.
Culturalmente, el Teatro Castelar es el escenario principal de la ciudad: acoge desde conciertos hasta obras de teatro amateur con una agenda bastante activa para el tamaño del municipio. Si quieres entender Elda, pasa un rato en su mercado municipal y luego date una vuelta por el barrio de El Pla: ahí está la ciudad real.