Bigastro tiene un origen relativamente moderno para los estándares de la Vega Baja: fue fundada a principios del siglo XVIII como una de las llamadas ‘nuevas poblaciones’ impulsadas por el Cabildo de la Catedral de Orihuela. Eso le da una trama urbana ordenada, casi de tablero de ajedrez, muy diferente a los pueblos medievales del entorno. La huerta ha sido el motor económico desde el primer día, y esa herencia se nota en la forma de vida de sus vecinos.
Las fiestas de Moros y Cristianos son el evento central del año. Se celebran en agosto y concentran a todo el pueblo durante varios días de desfiles, música, pólvora y mucho ambiente nocturno. Si vas en esas fechas, no esperes tranquilidad: Bigastro se transforma por completo. Las comparsas locales llevan décadas trabajando sus trajes y sus coreografías con una seriedad que a veces sorprende a los visitantes.
Semana Santa también tiene su peso aquí, como en casi toda la Vega Baja. Las procesiones son sentidas y participadas, con una implicación vecinal que va mucho más allá del espectáculo. Y en febrero, el carnaval local tiene su propio carácter, con murgas y disfraces que demuestran que el sentido del humor es una seña de identidad del municipio.
La identidad de Bigastro es, en definitiva, la de un pueblo trabajador de la huerta que ha sabido mantener sus costumbres sin artificios. No hay grandes monumentos ni museos, pero hay una comunidad cohesionada y unas fiestas que merecen una visita si tienes oportunidad.