Jávea tiene una historia que se lee en las tres partes que forman el municipio: el pueblo, el puerto y el Arenal. Esa división no es caprichosa; refleja siglos de evolución desde un núcleo interior protegido de las incursiones berberiscas hasta la expansión costera del siglo XX. El yacimiento del Montgó y los restos ibéricos y romanos encontrados en la zona hablan de una ocupación humana continua desde hace más de dos mil años. La piedra tosca, extraída de canteras locales, es el material con el que se construyó buena parte del casco antiguo y que hoy identifica visualmente al municipio.
Las fiestas de moros y cristianos de Jávea, en honor a Sant Bertomeu a finales de julio, son de las más participativas de la Marina Alta. No tienen la fama mediática de las de Alcoy o Villena, pero los festeros locales se lo toman igual de en serio y el ambiente en las calles del pueblo es auténtico. En agosto llega la Foguera, las fiestas del Arenal, con un carácter más playero y veraneante.
Benitachell, con poco más de cuatro mil habitantes en el Poble Nou, celebra sus fiestas patronales en honor a la Virgen del Rosario en octubre, cuando el turismo de verano ya ha bajado y el pueblo recupera su ritmo habitual. Es, en muchos sentidos, cuando más se parece a sí mismo. El municipio ha crecido mucho en las últimas décadas por la presencia de residentes europeos, especialmente británicos y alemanes, lo que ha generado una convivencia cultural particular que se nota en los comercios, en los carteles y en la mezcla de idiomas que escuchas en cualquier bar.
La gastronomía de ambos municipios bebe de la tradición marinera y de la huerta de la Marina Alta: la pansa (uva pasa) fue durante siglos el motor económico de la zona antes del turismo, y todavía hay algún maestro que la produce de forma tradicional.