Castalla tiene una historia que arranca mucho antes de que los valencianos o los castellanos pusieran un pie por aquí. El castillo que corona el municipio fue árabe, cristiano y disputado durante siglos, y su posición estratégica en el paso hacia el interior de la provincia lo convirtió en un punto clave durante la Reconquista y las Guerras de Sucesión. El pueblo que hay a sus pies fue creciendo alrededor de esa fortaleza con la lógica de quien sabe que tiene que defenderse.
Las Fiestas de Moros y Cristianos de Castalla están declaradas de Interés Turístico Nacional, lo que no es poca cosa. Se celebran en torno al 22 de mayo, festividad de Santa María Magdalena, patrona local. Tienen una estructura clásica con embajadas, desfiles y alarde de arcabucería, pero lo que las distingue es el nivel de implicación del pueblo: aquí no es una representación para turistas, es una tradición que los castallenses se toman muy en serio. Las comparsas llevan generaciones compitiendo con orgullo.
La identidad económica de Castalla está ligada a la industria del juguete, igual que la de sus vecinas Ibi y Onil. Durante el siglo XX esta zona del Vinalopó fue uno de los mayores productores de juguetes de Europa, y aunque el sector ha evolucionado mucho, sigue siendo parte del ADN local. Eso ha dado al pueblo una clase trabajadora con historia y un orgullo de oficio que todavía se percibe.
Culturalmente, Castalla mantiene viva también la tradición musical con su banda local y actividades en el Casal de Cultura. No es un pueblo que viva del turismo, y eso se nota para bien: cuando visitas, ves un municipio con vida propia, no un escenario montado para el visitante de fin de semana.