Villajoyosa tiene una identidad local bastante consolidada, algo que no siempre es fácil de encontrar en municipios costeros de la provincia. La Vila, como la llaman sus habitantes, ha sabido mantener un tejido social propio incluso con el crecimiento turístico de las últimas décadas. Eso se nota en las fiestas, en los mercados y en la forma en que la gente del pueblo ocupa sus calles.
Las fiestas de Moros y Cristianos de Villajoyosa son de las más espectaculares de la provincia, y eso es decir mucho en una tierra donde la competencia es feroz. Lo que las distingue es el desembarco: los moros llegan por mar, con embarcaciones que entran a la playa entre fuego y humo, mientras los cristianos los esperan en tierra. Se celebran a finales de julio, en torno al 28, festividad de Sant Jaume, patrón de la ciudad. Si nunca has visto un desembarco de estas características, es una experiencia que merece el desplazamiento.
La historia de Villajoyosa arranca antes de lo que mucha gente imagina. Hubo asentamiento romano en la zona, y los restos de la Villa Joiosa que dio nombre al municipio se han documentado arqueológicamente. El casco histórico medieval es uno de los mejor conservados de la Marina Baixa, con murallas parciales todavía en pie y una estructura urbana que responde a la lógica defensiva de los siglos de ataques berberiscos.
La gastronomía local tiene personalidad propia. El pescado fresco es protagonista indiscutible, pero el chocolate aparece hasta en recetas saladas en algunos restaurantes que juegan con el producto local. El arròs amb fesols i naps, el arroz con judías y nabos, es un plato de interior que los vilajoiers reivindican como suyo igual que los municipios vecinos. Y el esmorzaret de los bares del centro sigue siendo una institución a cualquier hora de la mañana.