Formentera del Segura tiene la historia compartida de buena parte de la Vega Baja: un territorio marcado por la agricultura de regadío, la influencia árabe en los sistemas de acequias y una reconstrucción casi total tras el devastador terremoto de 1829, que arrasó gran parte de los municipios de la comarca. Ese sismo reconfiguró el paisaje urbano de muchos pueblos del sur de Alicante, y Formentera no fue una excepción.
Las fiestas patronales en honor a la Virgen de los Ángeles son el momento del año en que el pueblo se vuelca. Se celebran en torno al mes de agosto, con las actividades propias de los municipios rurales alicantinos: procesiones, música, bailes y la reunión de quienes durante el año han emigrado a ciudades mayores. Es uno de esos momentos en que un pueblo pequeño recupera temporalmente su volumen real.
La Semana Santa también tiene peso en la vida local, como en casi todos los municipios de la comarca donde la tradición religiosa sigue siendo un elemento vertebrador de la comunidad. Las procesiones son sencillas y sin el aparato de las ciudades grandes, lo cual las hace más cercanas.
La identidad de Formentera del Segura es, ante todo, la de un municipio de huerta. La relación con el agua —con las acequias, con el Segura— ha moldeado la forma de vida durante generaciones. Eso se nota en el vocabulario, en los cultivos y en la escala del pueblo, pensado para vivir y trabajar, no para el turismo.